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El secreto para desprendernos de la trampa de nuestros demonios


Hoy es un día gris. 

Me gusta porque hace juego con mi melancolía, porque acaricia mi alma con su sobriedad carente de estridencias; porque parece suspendido como algunos de mis pensamientos y decisiones... Un día gris que me deja percibir con más intensidad el aroma de mi café recién hecho y escuchar mi música relajada, espacial, casi sin letra y que transporta mi imaginación hacia rincones mágicos, blancos, con espuma de mar y medusas sensuales que se elevan hasta perderse en las estrellas. 

Y así, en este estado de ensoñación flotante, pienso en que pronto deberé enfrentar la calle, las bocinas, el andar frenético de las personas, los bloques de cemento y las veredas siempre rotas de la ciudad. Lo haré, como me es habitual, con mi mejor predisposición, aunque sin fingir sonrisas soleadas por demás. Lo haré con la frente en alto, segura de que en mi camino surgirán eventos inesperados, podré observar pequeñas historias mínimas de la cotidianidad, que deprenderán en mí pequeñas explosiones internas de emociones que me harán sentir viva en esta travesía diaria del existir. 

"No te quedes mucho tiempo sola con tus demonios", me dijo mami ayer. ¡Qué gran verdad! Una que justo había estado conversando unos días antes con mi pareja, una que marca el límite de la sanidad mental. "No dejes que los pensamientos oscuros te atrapen a tal punto de que quedes enroscado en ellos y no puedas salir, porque ahí vas a estar en problemas", le habían dicho a él. "La solución para que eso no suceda creo que es salir y ver a las personas que nos quieren bien, dejarnos llevar por otras conversaciones, permitir que nos destraben de esos pensamientos estancados en nuestra mente. Así, de pronto, al hablar y conectar con los demás, todo deja de ser tan denso y nos desprendemos de la trampa de nuestros demonios", le contesté. 



Porque conversar ininterrumpidamente con nuestros demonios es hacerlo con nosotros mismos, una y otra vez; es regocijarnos en nuestros miedos, miserias, culpas y egos; significa aventurarnos en un laberinto infinito y sin salida; es un lugar en donde constantemente surgirán arenas movedizas que nos hundirán más y más ante cada intento por huir. Porque, definitivamente, nuestros demonios no nos quieren y harán lo que sea, porque evitemos esa frase de la película "Laberinto", esa que dice: "No tienes poder sobre mí".  

No tienes poder sobre mí.  

Con esa simple certeza, desaparece ese estado de regocijo por permanecer ensimismado - sí, regocijo – y surge el verdadero querer, las verdaderas ganas de dejar de nadar en las propias penas y mirar al mundo, conectar con otras realidades para abandonar el rol de víctimas constantes de un universo que creemos que no nos comprende. Simplemente, y tal como le pasó a la protagonista de Laberinto, tenemos que ver más allá del encierro mental. REALMENTE tenemos que QUERER. 

Y entonces, cuando hacemos ese clic del verdadero querer, miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta de que, en menor o mayor medida, todos los seres humanos vivimos experiencias fuertes y que duelen; que el sentir es relativo al contexto y que todos somos capaces de deshacernos de nuestras mochilas cargadas de rocas inservibles para hacer de nuestro viaje un camino más placentero y liviano.  

El secreto para alejar nuestros demonios creo que se esconde en algo muy sencillo: permitirse salir de uno mismo y observar y escuchar a los demás.

Será en esa conexión que, sin darnos cuenta, nuestra mente escapará hacia otros escenarios, viajará por otros paisajes y tocará otras realidades; espontáneamente nos encontraremos riendo, tan solo porque eso es lo que inevitablemente sucede cuando compartimos la vida con quiénes nos quieren; nos sentiremos ligeros, conectados con el puro presente y con una repentina paz, porque es eso es lo que nos genera nuestra familia, nuestra pareja amada y nuestros amigos que son la familia elegida: mucha paz.  

Con mi sobrina, Suray.


Hoy, con mi familia, lo vivo de manera intensa. Hace un par de semanas, y en un instante en el que no me sentía muy feliz, fui a comer con ellos y sobre la mesa ratona del pequeño departamento de pisos de madera, me esperaban panes deliciosos, quesos que parecían un manjar, uvas que embellecían el paisaje y una copa vino. Automáticamente me olvidé de todo y fui feliz. 

La magia de la buena familia, la amistad y el buen amor; ellos son demoledores de demonios natos. 

Por eso, el secreto para espantarlos, yace en no alejarnos de aquellas personas amadas. 

Les comparto un tema de la banda que me acompaña en este día gris: 



¿Ustedes tienen secretos para alejar demonios? 
Beso, 
Cari 
    

Comentarios

  1. Coincido totalmente con vos! Hay que acudir a las personas que nos quieren bien y todo se pasa, al menos por un rato! Tal como decis, la familia, los amigos cercanos y un amor, si lo hay, es lo mejor para esos momentos.

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    Respuestas
    1. Así es! Pero, muchas veces, cuando estamos sumidos en nuestro mundo "endemoniado", una cosa que nos sucede es que nos alejamos de las personas queridas, de a poco... No descuidarlas, es la manera de evitar caer en esa red ensimismada, creo yo. Nos ayuda a poner todo en perspectiva. Beso!

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  2. Siii; la música, me pongo a bailar y me dejo ir, y no le doy cabida a mi mente para parlotear, me dedico a sentir con una sonrisa de oreja a oreja!!!

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