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Sobre la esperanza agridulce y las riendas de nuestro destino

“No pierdas las esperanzas”, me encontré diciéndole a una amiga la otra noche. “Lo que tenga que pasar con él, pasará”, rematé y, al hacerlo mis otros yos, sarcásticos, se burlaron de mí y se retorcieron de la risa.  
Es que nuestras palabras esconden cárceles y liberaciones y esa expresión, ESPERANZA, es un término que creo que contiene un poco de aquellos dos mundos contrariados. 
Sin dudas, y desde muy joven, que tengo una relación de amor odio con esperanza, una de las palabras más adoradas y utilizadas en nuestro idioma. Una que en español la siento agridulce. La escucho bella, positiva, prometedora con sus aires de “mañana será mejor”, “todo llega a su debido tiempo” y sus “será cuando deba ser”. Ella fluye tan paciente, tan futurista, tan colmada de posibilidades y tan, pero tan... esperanzadora. 
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De construcciones imaginarias: Soltar también es resignificar

“Busco que mi familia me entienda, me acepte. No sucede y me duele tanto. A veces no quiero verlos más”, me contaron hace poco.
Esa confesión me acompañó durante los siguientes días, a veces algo adormecida y otras punzante. Y así, entre rutinas, sucesos personales y paseos de verano en la ciudad, comprobé como, una y otra vez, volvemos a ese vicio de pretender resultados distintos insistiendo por los mismos lugares; como diría Einstein: es simplemente una locura.
Pero creo que no es tan solo eso de ir por los mismos lugares y hacer siempre lo mismo, lo que nos empuja a carecer de nuevas experiencias. No... se trata también de nuestra forma de mirar los espacios y los vínculos conocidos. ¿Nos relacionamos con los seres y los lugares habituales en su totalidad presente o con la ilusión de lo que alguna vez fueron, creemos que son o creímos que podrían haber sido? ¿Observamos nuestra cotidianidad con ojos curiosos y siempre exploradores, o llevamos puestos los lentes nublados, esos que so…