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La levedad del ser, el mundo onírico y una extraña manera de vencer los miedos

Desde que tengo memoria duermo liviano y sueño intenso. Recuerdo ser muy niña y sentir una sensación extraña con la llegada de la noche, como si trajera consigo una llave de acceso a un mundo paralelo al cual podía ingresar a través de un portal invisible, que comenzaba a abrirse ni bien cerraba los ojos.
Mis párpados caían, pero no me dormía por largos minutos; minutos que, a veces, se transformaban en horas. Antes de sumergirme en el universo onírico, me abrazaba a mi mundo interno, a mis pensamientos, que vagaban ilimitados y libres por rincones impensados y tan míos. Únicamente míos. ¡Qué placer ese, el de saber que nadie puede adentrarse en nuestros pensamientos!
Hasta el día de hoy muchas veces lo siento así: allí, en el silencio que trae la oscuridad del reposo, trato de escaparme de los ruidos, las cotidianidades, las preocupaciones y los deberes ser en esta tierra tan compleja, para volar con mi imaginación antes de dormirme. Y cuando finalmente mi cuerpo y mi mente se rinden a…
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A veces cuesta dejar ir

“Hay que dejar ir a las personas que ya cumplieron un ciclo en nuestras vidas”, me dijo una conocida hace poco. “Llegaron para enseñarnos algo y, en muchos casos, cuando el propósito ya fue cumplido no permanecen, siguen viaje”.

Mientras la oía miré a mi alrededor. Me encontraba en un espacio cálido y que mis ojos veían por primera vez. Allí todo olía naturaleza cítrica y por el ventanal entraba una luz suave pero mágica. Una especie de halo que nos permitía respirar paz. Observé el té, que me esperaba servido y humeante, y sonreí. Adoro el té y más si me aguarda en tazas tan delicadas, de estampado clásico, como aquellas que reposaban en una pequeñísima mesa ratona. “Sí, puede ser”, le dije mientras mis labios se deleitaban con el tacto de la infusión.
Después de aquel encuentro regresé a trabajar con una sensación liviana, casi dulce. Y muy pensativa.